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Inauguración de la Estatua de John Lennon
Discurso de Ricardo Alarcon
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El aporte personal de John Lennon se destacó singularmente y perduró más allá de la disolución del grupo. Sus canciones conforman el más completo inventario de la porfía colectiva de los jóvenes por la paz, la revolución, el poder popular, la emancipación de la clase obrera y de la mujer, los derechos de los indígenas y la igualdad racial así como la liberación de Angela Davis y John Sinclair y otros presos políticos, la denuncia de la masacre de Attica y la situación de las prisiones norteamericanas, en una lista interminable. Más allá de la música, en entrevistas y declaraciones públicas, expresó abiertamente su identificación con el ideal socialista.
Lennon fue objeto de la más intensa y obstinada persecución por las autoridades yankis. El FBI, la CIA y el Servicio de Inmigración, instigados directamente por Richard Nixon, el más tramposo de los inquilinos que ha tenido la Casa Blanca, lo espiaron y hostigaron y se afanaron por expulsarlo de Estados Unidos. Pese a lo que dicen sus leyes y a las innumerables gestiones llevadas a cabo durante un cuarto de siglo, esas agencias mantienen en secreto todavía las
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pruebas del tenaz acoso que desataron contra él. Lo poco que han revelado muestra que en un solo año, entre 1971 y 1972, los informes secretos de sus espías acumularon 300 páginas y un expediente que pesa 26 libras. Sin más armas que su talento y la solidaridad de muchos norteamericanos, se vio obligado a enfrentar por varios años al Imperio poderoso dirigido por la camarilla más sórdida y arrogante. Ese capítulo quedará en la historia como ejemplo de la fuerza de la moral y las ideas y de él brota Lennon como paradigma del intelectual enteramente libre y creador, cabalmente comprometido con su tiempo.
Querido John
No eran pocos los que decían, hace veinte años, que aquel 8 de diciembre terminaba una era. Muchos lo temían entre los millones que te ofrendaron diez minutos de silencio y en la multitud que el día 14 se congregó en el Parque Central de Nueva York para expresar un dolor que el tiempo no aplacaba.
Fue Yoko, quien advirtió entonces: "el mensaje no debe terminar". Y el pequeño Sean, supo expresar la verdad mayor: Te imaginaba más grande, después de muerto, "porque ahora estás en todas partes".
Entre nosotros estuviste siempre. Ahora, además, te ofrecemos este banco donde podrás descansar y este parque para que recibas a tus compañeros y amigos.
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Tu mensaje no podía desaparecer porque el amor tenía, aun tiene, muchas batallas que librar. Porque tuviste el privilegio de escucharlo en millones de voces que lo hicieron suyo y seguirán levantándolo como un himno.
¿No era un submarino amarillo lo que arribó aquella tarde del 66 al puerto de Nueva York y marchó al frente de miles de jóvenes que condenaban la guerra? ¿Cuántos centenares de miles exigieron que se le diera una oportunidad a la paz, y fueron solidarios con el pueblo vietnamita, allá en Washington, frente al monumento, el inolvidable 15 de noviembre del 69? ¿No alcanzó ese día tu arte su realización más plena? ¿Cuántas veces no lo multiplicó de Berkeley a Nueva Inglaterra y de un Continente a otro la generación que creyó que el amor se impondría sobre la guerra? Estoy seguro que recuerdas, John, a los mártires de la Universidad de Kent que quisieron seguirte para ser también héroes de la clase obrera. Se sabe que eran versos tuyos su único escudo frente a las balas de Nixon.
Eran más, muchos más, los que se reunieron para celebrar el vigésimo aniversario de Imagine, en 1991, cuando otros decían que ya la historia había terminado. Algunos creen que te asomaste a una ventana del Dakota. Todos, tu también, éramos felices. Vimos, asombrados, los rostros de viejos camaradas confundidos entre incontables jóvenes que no habían nacido cuando ustedes allá, en Liverpool, entonaban baladas de amor con verbo proletario y nosotros acá desafiábamos al monstruo.
Nuestro barco seguirá navegando. Nada lo detendrá. Lo impulsa "un viento que nunca muere". Nos dirán soñadores pero nuestras filas crecerán. Defenderemos el sueño conquistado y lucharemos para hacer realidad todos los sueños. No lo van a impedir tormentas ni piratas. Navegaremos hasta alcanzar el mundo nuevo que sabremos construir.
Volveremos a encontrarnos, esta noche, en el concierto. Seguiremos juntos, siempre.
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Texto (c) 2000 Ricardo Alarcon
Fotos (c) 2000 Ken Epstein
Pagina (c) 2001 J. Gutierrez y C. O'Hara
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